EL JUEZ HÁBIL Mejores cuentos del Mundo ” Para leer en familia

EL JUEZ HÁBIL Mejores cuentos del Mundo”
“UN CUENTO MARAVILLOSO DE TOLSTOI”

“LEÓN TOLSTOI”

“El Juez hábil”

El emir de Argel, Bauakas, quiso cerciorarse de que no se exageraba al afirmar que en un lugar de la provincia ha­bía un juez extraordinaria­mente hábil, que descubría Bauakas se disfrazó de comerciante y se presentó en el lugar donde habitaba el juez.A la entrada de aquel pueblo, un inválido se aproximó al emir y le pidió limosna. Bauakas le dio’ algo, e iba a proseguir su camino, cuan­do el inválido le asió de una parte del traje
.—¿Qué quieres? — le preguntó entonces el emir

Me has dado limosna — respondió el mendigo —. Pe­ro quiero que me

hagas el favor de llevarme sobre tu ca­ballo hasta la plaza, porque las

demás caballerías podrían pisotearme si tratase de llegar hasta allí por mí mismo.

Bauakas subió a la grupa al mendigo y le condujo has­ta la plaza.

Allí detuvo el caballo, pero el mendigo no bajaba.

—¿Por qué no te mueves? — díjole el emir —. Baja, hemos llegado.

—¿Por qué he de bajar? — le replicó el mendigo —. Este caballo es mío.

Si por buenas no me lo dejas, el juez decidirá.

Muchas personas los rodeaban, escuchando su discu­sión.

—¡Id a casa del juez! — les gritaron —. El os pondrá de acuerdo .

Bauakas y el mendigo fueron en busca del juez.

La multitud agolpábanse en la sala; el juez llamaba por turno a los que debían comparecer. 1Antes que al emir, el juez llamó ante sí a un sabio y un mujik. Disputaban por una mujer.
El mujik afirmaba que era la suya, el sabio sostenía lo contrario, y la reclamaba como de su pertenencia.
El juez, después de oírles, guardó un momento de si­lencio; después dijo:
—Dejad la mujer en mi casa y volved mañana.
Cuando aquéllos partieron, entraron un carnicero y un vendedor de aceite. El carnicero estaba cubierto de sangre y el aceitero lleno de manchas de aceite.

El carnicero llevaba dinero en la mano, y el aceitero estrechaba la mano del carnicero.
Este decía:
—He comprado aceite a este hombre, y sacaba mi bol ­sa para pagarle, cuando me asió la mano para robarme el dinero; y ante ti hemos venido, yo con la bolsa y él sujetando mi mano. ¡El dinero me pertenece, y él es un la­drón!

—¡No es cierto! — replicó el aceitero —. El carnicero quiso comprarme aceite y me rogó que le cambiase una moneda de oro; tomé el dinero y lo puse sobre el mos­trador; él se apoderó entonces de la bolsa y quiso huir, mas yo le así de la mano y aquí estamos.

Después de una pausa respondió el juez:

—Dejad el dinero en mi casa y no faltéis mañana.

Cuando llegó el turno a Bauakas y al mendigo, el emir refirió cómo había pasado la cosa; oyóle el juez, y cuando acabó pidió al mendigo que se explicara:

—Nada de lo que ha dicho es cierto — respondió és ­te —. Yo atravesaba el lugar montado en mi caballo, cuan­do él pidió le llevase a la grupa hasta la plaza. Hícele su­bir sobre la bestia y le conduje adonde quería ir, pero, una vez llegados, no quiso bajar, diciendo que el caballo era suyo, lo cual no es cierto.

Después de una nueva pausa, dijo el juez:
Dejad el caballo en mi casa y venid aquí mañana.

Al siguiente día, gran multitud se reunió para conocer las decisiones del juez.

Aproximáronse le el sabio y el mujik.

Llévate la mujer — dijo el juez al sabio —, y que se den cincuenta palos al mujik.

El sabio se llevó la mujer, y el mujik recibió su castigo ante el mundo.

El juez llamó al carnicero. —Tuya es la bolsa — le dijo.

Y designando al vendedor de aceite, que se le den cin ­cuenta palos.

Llegó el turno a Bauakas y el tullido.

—¿Reconocerlas a tu caballo entre otros veinte? — pre­ guntó el juez al emir.

—Le reconocería.

—¿Y tú?

—También — dijo el inválido.

—Sígueme — dijo el juez a Bauakas.

Fueron al establo; el emir designó a su bestia entre otras veinte.

El juez llamó en seguida al inválido, y le ordenó dijese cuál era su animal

El mendigo reconoció el caballo y lo mostró.

Volvieron todos a la sala y el juez dijo a Bauakas: —Tuyo es el caballo. Ve por él.

Luego hizo dar cincuenta palos al mendigo.

Después de ejecutado aquel mandato, el juez se volvió a su casa. Bauakas le siguió.

—¿Qué quieres? — le preguntó el juez —. ¿Te des­agrada mi sentencia?

—Satisfechísimo estoy de ella — dijo el emir —. Sólo que quisiera saber cómo te has enterado de que la mujer ra del sabio y no del mujik, de que la bolsa era del car­nicero y no del mercader, de que el caballo me pertenecía.

—He aquí cómo supe que la mujer era del sabio. Por la mañana la llamé y le dije: “Echa tinta en mi tintero”. Ella lo tomó, limpiólo apresuradamente y llenó de tinta. Luego estaba acostumbrada a hacerlo. Si hubiera sido del murik , no hubiese sabido arreglársela.

De ahí de­duje que el sabio tenía razón.

“El cuanto al dinero, he aquí cómo supe la verdad.
Anoche puse la bolsa en un cubo de agua y por la mañana fuí a ver si sobre el agua flotaba aceite. Si el dinero hu­biera sido del aceitero, el roce de sus manos aceitosas hubiera manchado la bolsa, y algo se hubiera visto: como el agua estaba clara, el dinero pertenecía al carnicero.

“Respecto al caballo, más difícil era resolver.

El men­digo le reconoció tan pronto como tú. Mas yo no os había sometido a la misma prueba por sólo esto. Os hice ir al establo para ver a quién la bestia reconocía. Cuando tú te acercaste al caballo, volvió la cabeza, mientras que cuan­do el mendigo le tocó, movió la oreja y levantó la pata. He ahí cómo comprendí que tú eras el dueño del caballo’.

Bauakas le dijo entonces:

—Yo no soy un mercader, soy el emir Bauakas. Vine aquí para saber si lo que de ti se hablaba era cierto. Ahora veo en ti un sabio, un hábil juez. Pídeme lo que quieras y te lo concederé.

—Ninguna recompensa necesito — respondió el juez —. Bastante feliz soy escuchando los cumplimientos de mi Emir.

LEON TOLSTOI (1828-1910): Insigne novelista y reformador ruso. Sus obras han sido traducidas a varios idiomas y son. Ana Karenina, La paz y la guerra. Resurrección, eco

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