Mentir Simular Esa Vocacion De los Politicos

Rigurosamente incierto
Mentir, esa vocación

Norberto Firpo |

A un psicólogo de la Univer-sidad de Massachusetts, Estados Unidos, se le dio por estudiar la proclividad al embuste que tienen los seres humanos, sobre todo los que llevan una vida gregaria, con estrechos y frecuentes vínculos sociales.

Fueron tan provechosas las investigaciones de ese psicólogo, llamado Robert Feldman, que acabó escribiendo un libro todavía no editado en español, La mentira en su vida , que recoge un alto cúmulo de conclusiones pasmosas, que derivan de su experiencia y de los miles de tests que emprendió. Y una de tales conclusiones dice así: “Es muy posible que, en los diez minutos iniciales de conversación con una persona recién conocida, usted incurra en dos o tres falsedades respecto de usted mismo y de su propia circunstancia”.

Un colega de Robert Feldman, Estroncio Peribáñez, presta acuerdo absoluto a esa premisa: “En nuestro país -y se refiere a la Argentina-, el engaño y la mentira variopinta constituyen requisitos tutelares de la actividad política. La idea de pronunciar un discurso político despojado de embustes y carente de falsedades y embrollos testimoniales es totalmente inconcebible”.

En Memorias del subsuelo (1864), el ruso Fedor Dostoievski fue indulgente con la mentira: “Lo habitual es mentir por pura amabilidad, para agradar al oyente, para producirle una grata impresión estética”. Y el español Antonio Machado otorga ambigua tonalidad -en los versos de Soledades (1903)- a la proteica naturaleza del embuste: “Se miente más de la cuenta / pero también la verdad se inventa”. Por encima (y por los costados) de tanta ilustre interpretación, parece cierto que suman mayoría los estudiosos de conductas sociales que coinciden en un punto: ser impostor y disfrazar la realidad a extremos de convertirla en fábula resulta una de las más subyugantes vocaciones del ser humano. Feldman, por lo menos, advierte que “la práctica de la mentira es constante y se ejercita a cada rato, aun cuando las dosis que uno suministra sean variables”. Y Peribáñez se acopla gustoso a tal concepto.

“¿Alguien supone que nuestra señora Presidenta cree todo cuanto expresa en sus tan fantasmagóricas arengas? ¿Existe alguna persona que, en su sano juicio, se revele convencida de que el jefe de ministros, Aníbal Fernández, es del todo veraz y del todo sincero cuando riega de vituperios sus casi siempre inflamados discursos? Nuestros funcionarios -aconseja- deberían disimular un poco, reducir la dosis de cuentos del tío que ofrecen a su público, a los efectos de que el maquillaje de la verdad, y aun el de la verdad a medias, no sea tan ostensible. Caramba, no deberían ignorar que hay vocaciones de patas cortas.” ©LA NACION

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