Maquiavelo El Principe Parte 3

Maquiavelo El Principe Parte 3

CAPÍTULO XII

DE LAS DIFERENTES CLASES DE MILICIA Y DE LOS SOLDADOS MERCENARIOS

Después de haber hablado en particular de todas las especies de principados, sobre las cuales me había propuesto discurrir, considerando, en algunos aspectos, las causas de su buena o mala constitución y mostrando los medios con que muchos soberanos trataron de adquirirlos y de conservarlos, me resta ahora reflexionar acerca de los ataques y de las defensas que pueden ocurrir en cada uno de los Estados de que llevo hecha mención. Porque los principales fundamentos de todos los Estados, ya antiguos, ya nuevos, ya mixtos, están en las armas y en las leyes, y, como no se conciben leyes malas a base de armas buenas, dejaré a un lado las leyes y me ocuparé de las armas. Empero, las armas con que un príncipe defiende su Estado pueden ser tropas propias, o mercenarias, o auxiliares, o mixtas, y me ocuparé por separado de cada una de ellas. Las mercenarias y auxiliares son inútiles y peligrosas. Si un príncipe apoya su Estado en tropas mercenarias, no se hallará seguro nunca, por cuanto esas tropas, carentes de unión, ambiciosas, indisciplinadas, infieles, fanfarronas en presencia de los amigos y cobardes frente a los enemigos, no tienen temor de Dios, ni buena fe con los hombres. Si un príncipe, con semejantes tropas, no queda vencido, es únicamente cuando no hay todavía ataque. En tiempo de paz, despojan al príncipe, y, en el de guerra, dejan que le despojen sus enemigos. Y la causa de esto es que no hay más amor, ni más motivo que las apegue al príncipe, que su escaso sueldo, el cual no basta para que se resuelvan a morir por él. Se acomodan a ser soldados suyos, mientras no hacen la guerra. Pero si ésta sobreviene, huyen y quieren retirarse.

No me costaría mucho trabajo persuadir a nadie de lo que acabo de decir, puesto que la ruina de Italia en estos tiempos proviene de que, por espacio de muchos años, delegó confiadamente su defensa en tropas mercenarias, que lograron, en verdad, algunos triunfos en favor de tal o cual príncipe peninsular, y que se mostraron valerosas contra varias tropas del país, pero que a la llegada del extranjero manifestaron lo que realmente eran, valían y significaban. Por eso Carlos VIII, rey de Francia, halló la facilidad de tomar a Italia con greda, y quien dijo que nuestros pecados fueron la causa de ello, dijo verdad, y tuvo razón, pero no fueron los pecados que él creía, sino los que llevo mencionados. Y como estos pecados caían sobre la cabeza de los príncipes, sobre ellos también recayó el castigo.

Quiero demostrar todavía mejor la desgracia que el uso de semejante especie de tropas acarrea. O los capitanes mercenarios son hombres excelentes, o no lo son. Si lo son, no puede el príncipe fiarse de ellos, porque aspiran siempre a elevarse a la grandeza, sea oprimiéndole a él, que es dueño suyo, sea oprimiendo a los otros contra sus intenciones, y, si el capitán no es un hombre de valor, causa comúnmente su ruina. Y por si alguien replica que todo capitán que mande tropas procederá del mismo modo, sea o no mercenario, mostraré cómo las tropas mercenarias deben emplearse por un príncipe o por una república. El príncipe debe ir en persona a su frente, y practicar por sí mismo el oficio de capitán. La república debe enviar a uno de sus ciudadanos para mandarlas, y, si desde las primeras acciones de guerra no manifiesta bélica capacidad, debe reemplazársele por otro. Si, por el contrario, se manifiesta apto marcialmente, conviene que la república le contenga por medio de sabias leyes, para impedirle pasar del punto que se le haya fijado. La experiencia enseña que únicamente los príncipes que poseen ejércitos propios y las repúblicas que gozan del mismo beneficio, triunfan con facilidad, en tanto que los príncipes y las repúblicas que se apoyan sobre ejércitos mercenarios, no experimentan más que reveses. Por otra parte, una república cae menos fácilmente bajo el yugo del ciudadano que manda, y que quisiera esclavizarla, cuando está armada con sus propias armas que cuando no dispone más que de ejércitos extranjeros. Roma y Esparta se conservaron libres con sus propias armas por espacio de muchos siglos, y los suizos, que están armados de la misma manera, se mantienen también libres en alto grado. Por lo que mira a los inconvenientes de los ejércitos mercenarios de la antigüedad, tenemos el ejemplo de los cartagineses, que, después de la primera guerra con los romanos, acabaron siendo sojuzgados por sus soldados a sueldo, no obstante ser cartagineses los capitanes. Habiendo sido Filipo de Macedonia nombrado capitán de los tebanos, a la muerte de Epaminondas, los llevó al triunfo, es cierto, pero a continuación del triunfo, los esclavizó. Constituidos los milaneses en república, tras el fallecimiento del duque Felipe Visconti, emplearon contra los venecianos a Francisco Sforcia y a sus tropas, pagándoles. Sforcia, luego que hubo vencido a los venecianos en Caravagio, se unió con ellos contra los milaneses, que, sin embargo, eran sus amos. Cuando el otro Sforcia, padre de Francisco, estaba a sueldo de la reina de Nápoles, la abandonó de repente, y ella quedó tan desarmada, que, para no perder su trono, se vio precisada a echarse en los brazos del monarca de Aragón.

Si los venecianos y los florentinos extendieron su dominación con armas alquiladas, durante los años últimos, y si los capitanes de esas armas no se hicieron príncipes de Venecia y con ellos se defendieron bien ambos pueblos, el de Florencia, que tuvo más particularmente esta. dicha, debe dar gracias a la suerte, que de manera singularísima le favoreció. Entre aquellos valerosos capitanes, que podían ser temibles, unos no tuvieron la dicha de haber ganado batallas, otros encontraron obstáculos insuperables en su ruta, y algunos orientaron hacia otra parte su ambición. En el número de los primeros se contó Juan Acat, capitán inglés, que, al frente de cuatro mil hombres de su nación, peleó por cuenta de los gibelinos de Toscana, y sobre cuya fidelidad no cabe formar juicio, por no haber salido vencedor. Pero convendrá todo el mundo en que, si hubiese salido, los florentinos habrían quedado a su discreción. Si Jacobo Sforcia no invadió los Estados que le tenían a sueldo, provino de que encontró siempre frente a si a los Braceschis, que le contenían a la vez que él les contenía también a ellos. Por último, si Francisco Sforcia (que ya vimos destruyó la república de Milán y se hizo proclamar allí duque) orientó eficazmente su ambición hacia la Lombardía, dependió de que Bracio dirigía la suya hacia los dominios de la Iglesia y hacia Nápoles, contra cuya reina, Juana II, peleó, después de haberse apoderado de Perusa y de Montona, en los Estados Pontificios. Pero volvamos a hechos más cercanos a nosotros, y tomemos la época en que los florentinos eligieron por capitán suyo a Pablo Vitelli, varón habilísimo y que había adquirido grande reputación, a pesar de que naciera en condición vulgar. ¿Quién negará que, si se hubiera apoderado de Pisa, sus soldados, por muy florentinos que fuesen, habrían tenido por conveniente continuar a su lado? Si hubiera pasado a sueldo del enemigo, no habría sido posible remediar cosa alguna, puesto que, habiéndole conservado por capitán, era natural que le obedeciesen sus tropas.

Si se consideran los progresos conseguidos por los venecianos se verá que obraron con seguridad y con gloria, mientras ellos mismos hicieron la guerra, no intentando nada contra la tierra firme y dejando a su nobleza el cuidado de pelear valerosamente con hombres del pueblo bajo armado. Pero, cuando se pusieron a luchar en tierra firme, siguieron los estilos del resto de Italia, se sirvieron de legiones pagadas, y perdieron todo su valor. Al comienzo de su adquisición, no desconfiaron mucho de aquellas tropas mercenarias, porque no poseían entonces, en tierra firme, un país considerable, y porque gozaban todavía de respetable reputación. Mas luego que se hubieron engrandecido bajo el mando del capitán Carmagnola, advirtieron muy pronto el error en que habían incurrido. Viendo a aquel hombre, tan valiente como hábil, dejarse derrotar, al defenderles contra el duque de Milán, su soberano natural, y sabiendo, además que en tal guerra se conducía con tibieza, comprendieron que ya no podrían triunfar con él. Pero, como hubieran corrido el riesgo de perder lo adquirido, si hubiesen licenciado a dicho capitán, que se habría pasado al servicio del enemigo, y como, por otra parte, la prudencia no les permitía dejarle en su puesto, tomaron la resolución de hacerle perecer, para conservar lo ganado. Tuvieron después por capitanes a Bartolomé Coleoni de Bérgamo, a Roberto de San Severino, al conde de Pitigliano y a otros semejantes, que les auguraban menos ganancias que pérdidas, como sucedió en Vaila, donde, en una sola batalla, fueron despojados de adquisiciones que les habían costado ochocientos años de enormes fatigas.

Deduzco de todo ello que con tropas mercenarias las conquistas son lentas, tardías, limitadas, y los fracasos bruscos, repentinos e inmensos. Y ya que estos ejemplos me han conducido a hablar de Italia, en que hace muchos años que se utilizan semejantes tropas, quiero tomar de más arriba lo que le concierne, a fin de que, habiendo dado a conocer su origen y su desarrollo, pueda reformarse mejor su uso. Desde luego, hay que traer a la memoria cómo, en los pasados siglos, Italia, después de echar de su seno al emperador de Alemania, y ver al Papa adquirir una gran dominación temporal dentro de ella, se encontró dividida en varios Estados. En las ciudades más importantes se armó el pueblo contra los nobles, quienes, favorecidos al comienzo por el emperador, oprimían a los restantes ciudadanos, mientras que el Papa auxiliaba aquellas rebeliones de la plebe, para adquirir valimiento en las cosas terrenas. En otras muchas ciudades se elevaron diversos individuos a la categoría de príncipes suyos. Con ello cayó casi toda Italia bajo el poder de los Papas, sin más excepción que algunas repúblicas, y no estando habituados, ni los Pontífices, ni los cardenales, a la profesión de las armas, hubieron de tomar a sueldo tropas extranjeras. El primer capitán que puso en crédito a estas tropas fue el romañol Alberico de Como, en cuya escuela se formaron, entre otros varios, aquel Bracio y aquel Sforcia, que fueron después los árbitros de Italia. Tras ellos vinieron todos aquellos otros capitanes que hasta nuestros días mandaron los ejércitos de nuestra vasta península, y el resultado de su valor fue que, a pesar de él, nuestro hermoso país pudo ser recorrido libremente por Carlos VIII, tomado por Luis XII, sojuzgado por Fernando el Católico e insultado por los suizos. El método seguido por tales capitanes consistía principalmente en privar de toda consideración a la infantería. Y obraban así porque, no poseyendo Estado alguno, no podían alimentar y sostener a muchos hombres de a pie, y, por ende, la infantería no les procuraba gran renombre. Preferían la caballería, cuya cantidad estaba en proporción con los recursos del país que había de mantenerla, y en el que era tanto más honrada cuanto más fácil resultaba su satisfactoria sustentación. Las cosas llegaron hasta el punto de que, en un ejército de veinte mil hombres, no se contaban dos mil infantes. Además, se habían esforzado todo lo posible para desterrar de sus soldados y de sí mismos las penalidades y el miedo, introduciendo el uso de no matar en las refriegas, y limitándose a hacer prisioneros sin degollarlos. De noche, los de las tiendas no iban a acampar en las tierras, y los de las tierras no volvían a las tiendas. No hacían fosas, ni empalizadas alrededor de su campo, y no moraban allí durante el invierno. Todas estas cosas, permitidas por la disciplina militar de los referidos capitanes, las imaginaron éstos para ahorrarse fatigas y peligros. Pero, con semejantes precauciones, condujeron a Italia a la esclavitud y al envilecimiento.

CAPÍTULO XIII

DE LOS SOLDADOS AUXILIARES, MIXTOS Y MERCENARIOS

Las armas de ayuda que he contado entre las inútiles, son las que un príncipe presta a otro para socorrerle y para defenderle. Así, en estos últimos tiempos, habiendo hecho el papa Julio II una desacertada prueba de las tropas mercenarias en el ataque de Ferrara, convino con Fernando, rey de España, que éste iría a incorporársele con su ejército. Tales armas pueden ser útiles y buenas en si mismas, pero resultan infaustas siempre para el que las llama, porque, si pierde la batalla, queda derrotado, y, si la gana, se constituye en algún modo en prisionero de quien le auxilió. Aunque las historias antiguas se hallan llenas de ejemplos que demuestran tan clara verdad quiero detenerme en el de Julio II que está todavía muy reciente. Si el partido que tomó de ponerse por entero en manos de un extranjero para conquistar a Ferrara no le fue funesto es que su buena fortuna engendró una tercera causa que le preservó de los efectos de tan mala determinación. Habiendo sido derrotados sus auxiliares en Ravena, los suizos que sobresalieron contra su esperanza y la de todos los demás desalojaron a los franceses que habían obtenido la victoria. No quedó hecho prisionero de sus enemigos por la sencilla razón de que éstos habían emprendido la fuga, ni de sus auxiliares porque él había vencido realmente, pero con armas distintas de las de ellos. Los florentinos que se encontraban sin ejército en absoluto llamaron a diez mil franceses para acuciarlos a apoderarse de Pisa y esta resolución les hizo correr más riesgos que jamás se les hubieran presentado en empresa marcial alguna. Queriendo el emperador de Constantinopla oponerse a sus vecinos envió a Grecia diez mil turcos, los cuales, acabada la guerra, no quisieron ya salir de allí, y éste fue el principio de la sujeción de los griegos al yugo de los infieles.

Únicamente el que no quiere habilitarse para vencer es capaz de valerse de semejantes armas, que miro como mucho más peligrosas que las mercenarias. Cuando son vencidas, no por ello quedan todas menos unidas y dispuestas a obedecer a otros que al príncipe, mientras que las mercenarias, después de la victoria, necesitan de una ocasión favorable para atacarle, por no formar todas un mismo cuerpo. De otra parte, hallándose reunidas y pagadas por el príncipe, el tercero a quien éste ha conferido el mando suyo no puede adquirir sobre ellas autoridad tan suficiente y tan súbita que le sea fácil disponerlas inmediatamente para atacarle. Si la cobardía es lo que más debe temerse en las tropas mercenarias, lo más temible en las auxiliares es la valentía. Pero un príncipe sabio evitará siempre valerse de unas y de otras y recurrirá a sus propias armas, prefiriendo perder con ellas a ganar con las ajenas. No miro jamás como un triunfo real el que se logra con las armas de otros. No titubearé nunca en citar, sobre esta materia, a César Borgia, y en traer a colación su conducta en semejante caso. Entró con armas auxiliares en la Romaña conduciendo a ella las tropas francesas con que tomó a Imola y a Forli. Pero, no pareciéndole seguras tales armas, y juzgando que había menos peligro en servirse de las mercenarias, tomó a sueldo las de los Ursinos y de los Vitelis. Mas, como no tardase en notar que éstas obraban de un modo sospechoso e infiel, se deshizo de ellas y recurrió a armas que fuesen suyas propias. Puede apreciarse fácilmente la diferencia que hubo entre la reputación de César Borgia sostenido por los Ursinos y los Vitelis, y la que granjeó no bien se quedó con sus propios soldados, y no se apoyó más que en sí mismo. Esto resultó muy superior a lo precedente, y no se le estimó en el respecto militar más que cuando se vio que era poseedor absoluto de las armas que empleaba.

Aunque no he querido desviarme de los ejemplos italianos tomados de una época inmediata a la nuestra, no olvidaré por ello a Hieron de Siracusa, del que ya anteriormente hice mención. Desde que, como queda dicho, le eligieron los siracusanos por jefe de su ejército, conoció al punto que no le era útil la tropa mercenaria, por ser sus capitanes los que fueron capitanes de Italia posteriormente; y, al comprender que no podía conservarlos, ni licenciarlos, tomó la resolución de destruirlos, e hizo después la guerra con propias armas, y nunca ya con las ajenas. Y todavía quiero traer a la memoria un episodio del Antiguo Testamento, que guarda relación con mi asunto. Me refiero al ofrecimiento hecho a Saúl por David de ir a pelear contra el filisteo Goliat. Para darle alientos, Saúl revistió a David con su real armadura. Pero el arriesgado mancebo, después de habérsela puesto, la desechó, diciendo que, cargado así, no podía servirse libremente de sus propias fuerzas, y que prefería acometer al gigante fanfarrón con su honda y con su palo. Símbolo hermoso es éste del príncipe que toma ajenas armaduras. O se le caen de los hombros, o le pesan mucho, o le aprietan y le embarazan.

Carlos VII, padre de Luis XI, apenas con su valor y con su fortuna hubo librado a Francia de la presencia de los ingleses, experimentó la necesidad de disponer de armas que fuesen suyas, y quiso que hubiera caballería e infantería en su reino. Su hijo Luis XI suprimió la infantería, y tomó a sueldo suizos. Imitada esta falta por sus sucesores, ahora (en este año de 1615) es cuando vemos la causa de los peligros en que el reino se halla. Al dar cierta importancia a los suizos, desalentó a su propio ejército, y al prescindir por completo de la infantería, puso bajo la dependencia de las armas ajenas su propia caballería. Acostumbrada ésta a luchar con el socorro de los suizos, creyó no poder ya vencer sin ellos. De donde resulta que los franceses no bastan para pelear contra los suizos, y que, sin el auxilio de éstos, no intentan nada contra nadie.

Los ejércitos de Francia se componen, pues, en parte, de sus armas propias y en parte de las mercenarias. Reunidas unas y otras valen más que si sólo fueran mercenarias o auxiliares, Pero un ejército así formado es inferior con mucho a lo que sería si se compusiese de armas francesas únicamente. Y este ejemplo basta, porque el reino de Francia se contaría entre los invencibles, si se hubiera acrecentado, o a lo menos conservado, la institución militar de Carlos VII. Pero a menudo cualquier cosa que los hombres establecen, fundados en algún bien que augura, esconde en sí misma un funestísimo veneno, como insinué antes, al comparar el caso con el del proceso patológico de la tisis. Por lo cual, el que, estando al frente de un principado, no descubre el mal en su raíz, ni lo advierte hasta que se manifiesta, no es verdaderamente sabio. Pero semejante perspectiva se ha concedido a pocos príncipes y si, recurriendo a un nuevo ejemplo, queremos buscar el origen de la ruina del imperio romano, encontraremos que su fecha data del momento en que empezó a tomar godos a sueldo, puesto que desde entonces comenzaron a enervarse sus fuerzas, y cuanto vigor se le hacía perder redundaba en beneficio de aquellos soldados mercenarios.

Infiero de lo dicho que ningún principado puede estar seguro, cuando no tiene armas que le pertenezcan en propiedad. Hay más, y es que depende enteramente de la suerte ciega, por carecer de la valentía patriótica que se requiere para defenderse en la adversidad. Opinión y máxima de los políticos sabios fue siempre que nada es tan débil ni tan vacilante como la reputación de una potencia que no esté fundada en las fuerzas propias. Son éstas las que se componen de soldados y de ciudadanos, hechuras del príncipe, y todas las demás son mercenarias o auxiliares. En cuanto a la manera de crearse armas propias, es fácil de hallar, con sólo examinar las instituciones de que antes hablé, y considerar cómo Filipo, padre de Alejandro, igualmente que otros príncipes y muchas repúblicas, se formaron ejércitos, y los ordenaron. Sobre esta materia remito por entero a sus constituciones.

CAPÍTULO XIV

DE LAS OBLIGACIONES DEL PRÍNCIPE EN LO CONCERNIENTE AL ARTE DE LA GUERRA

El príncipe no ha de tener otro objeto, ni abrigar otro propósito, ni cultivar otro arte, que el que enseña, el orden y la disciplina de los ejércitos, porque es el único que se espera ver ejercido por el que manda. Este arte encierra utilidad tamaña, que no solamente mantiene en el trono a los que nacieron príncipes, sino qué también hace subir con frecuencia a la clase de tales a hombres de condición. privada. Por una razón opuesta, sucedió que varios príncipes, que se ocupaban más en las delicias de la vida que en las cosas militares, perdieron sus Estados. La primera causa que haría a un príncipe perder el suyo, sería abandonar el arte de la guerra, como la causa que hace adquirir un reino al que no lo tenía, es sobresalir en ese arte. Se mostró superior en ello Francisco Sforcia, por el solo hecho de que no siendo más que un simple particular, llegó a ser duque de Milán, mientras que sus hijos, por haber renunciado a las fatigas e incomodidades de la profesión de las armas, de duques que eran, pasaron a ser simples particulares.

Entre las demás raíces del mal que acaecerá a un príncipe si por sí mismo no ejercita el oficio de las armas, debe contarse el menosprecio que habrán concebido contra su persona, lo cual es una de aquellas infamantes notas de que debe preservarse siempre, como se dirá más adelante al hablar de aquellas otras que pueden serle útiles. Entre el que es guerrero y el que no lo es, no hay ninguna proporción. La razón y la experiencia nos enseñan que el hombre que se halla armado no obedece con gusto al que está desarmado, que el amo desarmado no se encuentra seguro entre sirvientes armados. Con el desdén que late en el corazón del uno y la sospecha que el ánimo del otro abriga, no es posible que lleven a cabo juntos buenas operaciones.

Amén de las demás calamidades que se atrae un príncipe que no entiende nada de la guerra, existe la de no ser estimado de sus soldados, ni poder fiarse de ellos. El príncipe no debe cesar de ocuparse en el ejercicio de las armas, dándose a ellas más en los tiempos de paz que en los de guerra, y pudiendo hacerlo de dos modos: el uno, con acciones, y el otro, con pensamientos. En cuanto a sus acciones, debe no solamente tener bien ordenadas y ejercitadas a sus tropas, sino también ir a menudo de caza, con la que, por una parte, acostumbra su cuerpo a la fatiga, y por otra aprende a conocer la calidad de los sitios, el declive de las montañas, la entrada de los valles, la situación de las llanuras, la naturaleza de los ríos y de los lagos, y éste es un estudio en que debe poner la mayor atención. Porque conocimientos semejantes le son útiles por dos conceptos. En primer lugar, dándole a conocer el país, le sirven para defenderlo mejor, y, además, cuando ha frecuentado mucho los lugares, comprende fácilmente lo que debe ser otro país que no tenga a la vista, y en el que aún no haya combinado operaciones militares. Los sitios, las montañas, los valles, las llanuras, los ríos y los lagos de la Toscana ofrecen con los de otros países cierta semejanza, que hace que, por medio del conocimiento de una provincia, se puedan conocer fácilmente las otras.

El príncipe que carece de esta ciencia práctica, no posee el primero de los talentos necesarios a un capitán, porque ella enseña a hallar al enemigo, a tomar alojamiento, a conducir los ejércitos, a dirigir las batallas, a talar con acierto un territorio. Entre las alabanzas que los escritores antiguos prodigaron a Filopemenes rey de los acayos, la mayor fue la de no haber pensado nunca, aun en tiempo de paz, más que en los diversos modos de hacer la guerra. Cuando se paseaba con sus amigos por el campo, se paraba a menudo, y discurría con ellos sobre cualquier supuesto táctico, diciendo: “Si los enemigos se hallasen en aquella colina y nosotros nos encontrásemos aquí con nuestro ejército, de parte de quién estaría la superioridad? Cómo se podría ir seguramente contra ellos, observando las reglas de la táctica? Cómo convendría darles alcance, si se retiraran?” Les proponía, andando, todos los casos en que puede hallarse un ejército, oía sus pareceres, emitía el suyo, y lo corroboraba con buenas razones, de suerte que por tener continuamente ocupado su ánimo en lo que concierne al arte de la guerra, nunca, al conducir a sus tropas, había sido sorprendido por un accidente para el que no hubiese preparado de antemano el remedio oportuno.

El príncipe, para ejercitar su espíritu, debe leer las historias, y, al contemplar las acciones de los varones insignes, debe notar particularmente cómo se condujeron en las guerras, examinando las causas de sus victorias, a fin de conseguirlas él mismo, y las de las derrotas, a fin de no experimentarlas. Debe, sobre todo, como lo hicieron ellos, escoger entre los antiguos héroes, cuya gloria se celebró más, un modelo cuyas proezas estén siempre presentes en su ánimo: Alejandro Magno imitaba a Aquiles; César seguía a Alejandro y Escipión caminaba tras las huellas de Ciro. Cualquiera que lea la vida de este último, escrita por Jenofonte, reconocerá cuántos triunfos obtuvo Escipión por haber calcado su conducta con la de Ciro, no sólo en cuanto a la valentía, la destreza, la disciplina y el arrojo, más también respecto de la continencia, la afabilidad, la humanidad y la liberalidad, que, según el autor griego, resplandecieron en el monarca persa. En síntesis: de acuerdo con las reglas que debe observar un príncipe sabio, éste, lejos de permanecer ocioso en tiempo de paz, ha de formarse entonces un copioso caudal de recursos bélicos, que puedan serle de provecho en la adversidad, a fin de que, si la fortuna se le torna contraria, se halle dispuesto a resistírsele.

CAPÍTULO XV

DE LAS COSAS POR LAS QUE LOS HOMBRES, Y ESPECIALMENTE LOS PRÍNCIPES, SON ALABADOS O CENSURADOS

Conviene ahora ver cómo debe conducirse un príncipe con sus amigos y con sus súbditos. Muchos escribieron ya sobre esto, y, al tratarlo yo con posterioridad, no incurriré en defecto de presunción, pues no hablaré más que con arreglo a lo que sobre esto dijeron ellos. Siendo mi fin hacer indicaciones útiles para quienes las comprendan, he tenido por más conducente a este fin seguir en el asunto la verdad real, y no los desvaríos de la imaginación, porque muchos concibieron repúblicas y principados, que jamás vieron, y que sólo existían en su fantasía acalorada. Hay tanta distancia entre saber cómo viven los hombres, y cómo debieran vivir, que el que para gobernarlos aprende el estudio de lo que se hace, para deducir lo que sería más noble y más justo hacer, aprende más a crear su ruina que a reservarse de ella, puesto que un príncipe que a toda costa quiere ser bueno, cuando de hecho está rodeado de gentes que no lo son no puede menos que caminar hacia un desastre. Por en e, es necesario que un príncipe que desee mantenerse en su reino, aprenda a no ser bueno en ciertos casos, y a servirse o no servirse de su bondad, según que las circunstancias lo exijan.

Dejando, pues, a un lado las utopías en lo concerniente a los Estados, y no tratando más que de las cosas verdaderas y efectivas, digo que cuantos hombres atraen la atención de sus prójimos, y muy especialmente los príncipes, por hallarse colocados a mayor altura que los demás, se distinguen por determinadas prendas personales, que provocan la alabanza o la censura. Uno es mirado como liberal y otro como miserable, en lo que me sirvo de una expresión toscana, en vez de emplear la palabra avaro, dado que en nuestra lengua un avaro es también el que tira a enriquecerse con rapiñas, mientras que llamamos miserable únicamente a aquel que se abstiene de hacer uso de lo que posee. Y para continuar mi enumeración añado: uno se reputa como generoso, y otro tiene fama de rapaz; uno pasa por cruel, y otro por compasivo; uno por carecer de lealtad, y otro por ser fiel a sus promesas; uno por afeminado y pusilánime, y otro por valeroso y feroz; uno por humano, y otro por soberbio; uno por casto, y otro por lascivo; uno por dulce y flexible, y otro por duro e intolerable; uno por grave, y otro por ligero; uno por creyente y religioso, y otro por incrédulo e impío, etc.

Sé (y cada cual convendrá en ello) que no habría cosa más deseable y más loable que el que un príncipe estuviese dotado de cuantas cualidades buenas he entremezclado con las malas que le son opuestas. Pero como es casi imposible que las reúna todas, y aun que las ponga perfectamente en práctica, porque la condición humana no lo permite, es necesario que el príncipe sea lo bastante prudente para evitar la infamia de los vicios que le harían perder su corona, y hasta para preservarse, si puede, de los que no se la harían perder. Si, no obstante, no se abstuviera de los últimos, quedaría obligado a menos reserva, abandonándose a ellos. Pero no tema incurrir en la infamia aneja a ciertos vicios si no le es dable sin ellos conservar su Estado, ya que, si pesa bien todo, hay cosas que parecen virtudes, como la benignidad y la clemencia, y, si las observa, crearán su ruina, mientras que otras que parecen vicios, si las practica, acrecerán su seguridad y su bienestar.

CAPÍTULO XVI

DE LA LIBERALIDAD Y DE LA MISERIA

Comenzando por la primera de estas prendas, reconozco cuán útil resultaría al príncipe ser liberal. Sin embargo, la liberalidad que impidiese le temieran, le sería perjudicial en grado sumo. Si la ejerce con prudencia y de modo que no lo sepan no incurrirá por ello en la infamia del vicio contrario. Pero, como el que quiere conservar su reputación de liberal no puede abstenerse de parecer suntuoso, sucederá siempre que un príncipe que aspira a semejante gloria, consumirá todas sus riquezas en prodigalidades, y al cabo, si pretende continuar pasando por liberal, se verá obligado a gravar extraordinariamente a sus súbditos, a ser extremadamente fiscal, y a hacer cuanto sea imaginable para obtener dinero, Ahora bien: esta conducta comenzará a tornarlo odioso a sus gobernados, y, empobreciéndose así más y más, perderá la estimación de cada uno de ellos, de tal suerte que después de haber perjudicado a muchas personas para ejercitar una liberalidad que no ha favorecido más que a un cortísimo número de ellas, sentirá vivamente la primera necesidad y peligrará al menor riesgo. Y, si reconoce entonces su falta, y quiere mudar de conducta, se atraerá repentinamente el oprobio anejo a la avaricia.

No pudiendo, pues, un príncipe, sin que de ello le resulte perjuicio, ejercer la virtud de la liberalidad de un modo notorio, debe, si es prudente, no inquietarse de ser notado de avaricia, porque con el tiempo le tendrán más y más por liberal, cuando observen que, gracias a su parsimonia, le bastan sus rentas para defenderse de cualquiera que le declare la guerra, y para acometer empresas, sin gravar a sus pueblos. Por tal arte, ejerce la liberalidad con todos aquellos a quienes no toma nada, y cuyo número es inmenso, al paso que no es avaro más que con aquellos a quienes no da nada, y cuyo número es poco crecido. ¿Por ventura no hemos visto, en estos tiempos, que solamente los que pasaban por avaros lograron grandes cosas, y que los pródigos quedaron vencidos? El Papa Julio II, después de haberse servido de la fama de liberal para llegar al Pontificado, no pensó posteriormente (especialmente al habilitarse para pelear contra el rey de Francia) en conservar ese renombre. Sostuvo muchas guerras, sin imponer un solo tributo extraordinario, y su continua economía le suministró cuanto era necesario para gastos superfluos. El actual monarca español (Fernando, rey de Aragón y de Castilla) no habría llevado a feliz término tan famosas empresas, ni triunfado en tantas ocasiones, si hubiera sido liberal. Así, un príncipe que no quiera verse obligado a despojar a sus gobernados, ni que le falte nunca con qué defenderse, ni sufrir pobreza y miseria, ni necesitar ser rapaz, debe temer poco incurrir en la reputación de avaro, puesto que su avaricia es uno de los vicios que aseguran su reinado. Si alguien me objetara que César consiguió el imperio con su liberalidad y que otros muchos llegaron a puestos elevadísimos porque pasaban por liberales, le respondería yo que, o estaban en camino de adquirir un principado o lo habían adquirido ya. En el primer caso, hicieron bien en pasar por liberales, y, en el segundo, les hubiese sido perniciosa la liberalidad. César era uno de los que querían conseguir el principado de Roma. Pero, si hubiera vivido algún tiempo después de haberlo logrado, y no moderado sus dispendios costosos, habría destruido el imperio.

¿Esforzarán que con sus ejércitos hicieron grandes cosas, y que tenían, sin embargo, nombradía de muy liberales?. Replico que, o el príncipe dispersa sus propios bienes y los de sus súbditos, o dispone de los bienes ajenos. En el primer caso, debe ser económico, y, en el segundo, no debe omitir ninguna especie de liberalidad. El príncipe que, con sus ejércitos, va a efectuar saqueos y a llenarse de botín, y a apoderarse de los caudales de los vencidos, está obligado a ser pródigo con sus soldados, que no le seguirían sin ese estímulo. Puede entonces mostrarse ampliamente generoso, puesto que da lo que no es suyo, ni de sus soldados, como lo hicieron Ciro, Alejandro, César, y ese dispendio que en semejante ocasión hace con los bienes ajenos, lejos de dañar a su reputación, le agrega una más resaltante. Lo único que puede perjudicarle es gastar sus propios bienes, porque nada hay que agote tanto como la liberalidad desmedida. Mientras la ejerce, pierde poco a poco la facultad misma de ejercerla, se torna pobre y despreciable, y, cuando quiere evitar su ruina total por la tacañería, se hace rapaz y odioso. Ahora bien; uno de los inconvenientes mayores de que un príncipe ha de precaverse es el de ser menospreciado aborrecido. Y, conduciendo a ello la liberalidad, concluyo que la mejor sabiduría es no temer la reputación de avaro, que no produce más que infamia sin odio, antes que verse, por el gusto de gozar renombre de liberal, en el brete de incurrir en la nota de rapacidad, cuya infamia va acompañada siempre del odio público.

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