Maquiavelo El Principe Parte “2


Maquiavelo el Principe parte “2

Después de haber resumido todas las acciones del duque y de haberlas comparado unas con otras, no me es posible condenarle, y aun me atrevo a proponerle por modelo a cuantos la fortuna o ajenas armas elevaron a la soberanía. Con las relevantes prendas que poseía y las profundas miras que abrigaba no podía conducirse de diferente modo. No encontraron sus designios más impedimentos reales que la brevedad de la vida de su progenitor y su propia enfermedad. Así, el que en un principado nuevo necesite asegurarse de sus enemigos, ganarse amigos repetidamente, vencer por la fuerza o por el fraude, hacerse amar y temer de los pueblos, obtener el respeto y la fidelidad de los soldados, sustituir los antiguos estatutos por otros recientes, desembarazarse de los hombres que pueden perjudicarle, ser a la vez severo, agradable, magnánimo y liberal, y conservar la amistad de los monarcas, de suerte que éstos le sirvan de buen grado, o no le ofendan más que con mucho miramiento: el que en tal caso se halle, no encontrará ejemplo más fehaciente que el proceder del duque, por lo menos hasta la muerte de su padre. Su política cayó luego en graves faltas, sobre todo cuando, al ser nombrado el sucesor de Alejandro VI, dejó el duque hacer una elección contraria a sus intereses en la persona de Julio II. No le era posible la creación de un Papa de su gusto, pero teniendo como tenía la facultad de impedir que éste o aquél fuesen Papas, no debió permitir nunca que se le confiriera el Pontificado a ninguno de los cardenales a quienes había ofendido, o que tuviesen motivo de temerle (los hombres ofenden por miedo o por odio), y que eran, entre otros, los de San Pedro, San Jorge, Colonna y Ascagne. Elevados una vez todos los demás al Pontificado, estaban en el caso de temerle, excepto el cardenal de Ruán, a causa de su fuerza, puesto que contaba con el apoyo del reino de Francia, y con los cardenales españoles, con los que se había aliado, y a los que había hecho varios favores. Por ende, el duque debió ante todo, conseguir que el Papa hubiera sido un español, y, a no lograrlo, debió permitir que se eligiese al cardenal de Ruán, y no al de San Pedro. Cualquiera que crea que los nuevos beneficios hacen olvidar a los eminentes personajes las antiguas injurias, camina errado. De donde se infiere que, en aquella elección, el duque cometió una falta, y tan grave, que ocasionó su ruina.

CAPÍTULO VIII

DE LOS QUE LLEGARON A PRÍNCIPES POR MEDIO DE MALDADES

Supuesto que aquel que de simple particular asciende a príncipe, lo puede hacer todavía de otros dos modos, sin deberlo todo al valor o a la fortuna, no conviene omita yo tratar de uno y de otro de esos dos modos, aun reservándome discurrir con más extensión sobre el segundo, al ocuparme de las repúblicas. El primero es cuando un hombre se eleva al principado por una vía malvada y detestable, el segundo cuando se eleva con el favor de sus conciudadanos. En cuanto al primer modo, la historia presenta dos ejemplos notables: uno antiguo y otro moderno. Me ceñiré a citarlos, sin profundizar demasiado la cuestión, porque soy de parecer que enseñan bastante por sí solos si cualquiera estuviese en el caso de imitarlos.

El primer ejemplo es el del siciliano Agátocles, quien, habiendo nacido en una condición, no sólo común y ordinaria, mas también baja y vil, llegó a empuñar, sin embargo, el cetro de Siracusa. Hijo de un alfarero, había llevado en todas las circunstancias una conducta reprensible. Pero sus perversas acciones iban acompañadas de tanto vigor de cuerpo y de tanta fortaleza de ánimo, que habiéndose dedicado a la profesión de las armas, ascendió, por los diversos grados de la milicia, hasta el de pretor de Siracusa. Luego que se vio elevado a este puesto resolvió hacerse príncipe, y retener con violencia, sin debérselo a nadie, la dignidad que le había concedido el libre consentimiento de sus conciudadanos. Después de haberse entendido sobre el asunto con el general cartaginés Amílcar, que estaba en Sicilia con su ejército, juntó una mañana al Senado y al pueblo en Siracusa, como si tuviera que deliberar con ellos sobre cosas importantes para la república y, dando en aquella asamblea a los soldados la señal convenida, les mandó matar a todos los senadores y a los ciudadanos más ricos que allí se hallaban. Librado de ambos estorbos de su ambición, ocupó y conservó el principado de Siracusa, sin que se encendiera contra él ninguna guerra civil. Aunque después fue dos veces derrotado, y aun sitiado, por los cartagineses, no solamente pudo defender su ciudad, sino que, además, dejó una parte de sus tropas custodiándola, y marchó a actuar a África con otra. De esta suerte, en poco tiempo libró a la cercada Siracusa, y puso en tal aprieto a los cartagineses, que se vieron forzados a tratarle de potencia a potencia, se contentaron con la posesión de África, y le abandonaron enteramente a Sicilia. Donde se advierte, reflexionando sobre la decisión y las hazañas de Agátocles, que nada o casi nada puede atribuirse a la fortuna. No por el favor ajeno, como indiqué más arriba, sino por medio de los grados militares, adquiridos a costa de muchas fatigas y de muchos riesgos, consiguió la soberanía, y, si se mantuvo en ella merced a multitud de acciones temerarias, pero llenas de resolución, no cabe, ciertamente, aprobar lo que hizo para lograrla. La traición de sus amigos, la matanza de sus conciudadanos, su absoluta falta de religión, son, en verdad, recursos con los que se llega a adquirir el dominio, mas nunca gloria. No obstante, si consideramos el valor de Agátocles en la manera como arrostró los peligros y salió triunfante de ellos, y la sublimidad de su alma en soportar y en vencer los acontecimientos que le eran más adversos, no vemos por qué conceptuarle como inferior al mayor campeón de diferente especie moral a la suya. Por desdicha, su inhumanidad despiadada y su crueldad feroz son maldades evidentes que no permiten alabarle, como si mereciera ocupar un lugar eminente entre los hombres insignes. Pero repito que no puede atribuirse a su valor o a su fortuna lo que adquirió sin el uno y sin la otra.

El segundo ejemplo, más inmediato a nuestros tiempos, es el de Oliverot de Fermo. Educado en su niñez por su tío materno, Juan Fogliani, fue colocado por éste más tarde en la tropa del capitán Pablo Viteli, a fin de que allí llegase, bajo semejante maestro, a alguna alta graduación en las armas. Habiendo muerto después Pablo, y sucediéndole en el mando su hermano Viteloro, a sus órdenes peleó Oliverot, y como, amén de robusto y valiente, era inteligentísimo, llegó a ser en breve plazo el primer hombre de su ejército. Juzgando entonces cosa servil su permanencia en él, confundido entre el vulgo de los capitanes, concibió el proyecto de apoderarse de Fermo, con ayuda de Viteloro y de algunos ciudadanos de aquella ciudad que amaban más la esclavitud que la libertad de su país. Para mejor llevar a cabo su plan escribió, ante todo, a su tío Juan Fogliani. En la carta le decía ser muy natural, al cabo de tan prolongada ausencia, que quisiera abrazarle, ver de nuevo su patria, volver a Fermo y reconocer en algún modo su patrimonio. Le añadía que, en efecto, regresaba, pero que, no habiéndose fatigado, durante tan larga separación, más que para adquirir algún honor y deseando mostrar a sus compatriotas que no había perdido el tiempo en tal respecto, creía deber presentarse con cierto atuendo, acompañado de amigos suyos, de varios servidores y de cien soldados de a caballo. Por ende, le rogaba hiciera de modo que los ciudadanos de Fermo le acogiesen con distinción «atendiendo a que semejante recibimiento no sólo le honraría a él mismo, sino que redundaría también en gloria del tío, su segundo padre y su primer preceptor». Juan no dejó de hacer los favores que solicitaba, y a los que le parecía ser acreedor su sobrino. Procuró que los ciudadanos de Fermo le recibiesen con gran honra, y le alojó en su palacio. Oliverot, luego de haberlo dispuesto todo para la maldad que había premeditado, dio en el palacio un espléndido banquete, al que invitó a Juan Fogliani y a las personas de más viso de la población. Al final del convite, y cuando conforme al uso de entonces, se departía sobre cosas de que se habla comúnmente en la mesa, Oliverot hizo recaer diestramente la conversación sobre la grandeza de Alejandro VI y de su hijo César Borgia, como asimismo sobre sus empresas. Mientras él respondía a los discursos de los otros, y los otros contestaban a los suyos, se levantó de repente, manifestando ser aquella una materia de que no debía hablarse más que en apartado sitio, y se retiró a un cuarto particular, al que Fogliani y las demás personas de viso le siguieron. Apenas se hubieron sentado allí cuando, por salidas ignoradas de ellos, entraron diversos soldados, que los degollaron a todos, sin perdonar a Fogliani. Terminada la matanza, Oliverot montó a caballo, recorrió la ciudad, fue a sitiar al primer magistrado en su propio alcázar, y los habitantes de Fermo, poseídos de súbito e inaudito temor, se vieron obligados a obedecerle, y a formar un nuevo Gobierno, del que se constituyó soberano. Desembarazado por tal arte de todos aquellos hombres cuyo descontento podía serle fatal, fortificó su autoridad con nuevos estatutos civiles y militares, de suerte que, por espacio del año que conservó su soberanía, no sólo se mantuvo seguro en la ciudad de Fermo, sino que además, se hizo respetar y temer de sus vecinos, y hubiera sido tan perdurable como Agátocles, si no se hubiese dejado engañar por César Borgia, cuando, en Sinigaglia, sorprendió éste, como indiqué ya, a los Ursinos y a los Vitelios. Aprehendido con éstos el propio Oliverot en aquella ocasión, un año después de su parricidio, le ahorcaron en compañía de Viterolo, que había sido su mentor de audacia y de maldad.

Podría preguntarse por qué Agátocles, Oliverot y algún otro de la misma especie lograron, a pesar de tantas traiciones y de tamañas crueldades, vivir largo tiempo seguros en su patria, y defenderse de los enemigos exteriores, sin seguir siendo traidores y crueles. También podría preguntarse por qué sus conciudadanos no se conjuraron nunca contra ellos, al paso que otros, empleando iguales recursos no consiguieron conservarse jamás en sus Estados, ni en tiempo de paz, ni en tiempo de guerra. Creo que esto dimana del uso bueno o malo que se hace de la traición y de la crueldad. Permítame llamar buen uso de los actos de rigor el que se ejerce con brusquedad, de una vez y únicamente por la necesidad de proveer a la seguridad propia, sin continuarlos luego, y tratando a la vez de encaminarlos cuanto sea posible a la mayor utilidad de los gobernados. Los actos de severidad mal usados son aquellos que, pocos al principio, van aumentándose y se multiplican de día en día, en vez de disminuirse y de atenerse a su primitiva finalidad. Los que se atienen al primer método, pueden, con los auxilios divinos y humanos, remediar, como Agátocles, su situación, en tanto que los demás no es posible que se mantengan. Es menester, pues, que el que adquiera un Estado ponga atención en los actos de rigor que le es preciso ejecutar, a ejercerlos todos de una sola vez e inmediatamente, a fin de no verse obligado a volver a ellos todos los días, y poder, no renovándolos, tranquilizar a sus gobernados, a los que ganará después fácilmente, haciéndoles bien. El que obra de otro modo, por timidez o guiado por malos consejos, se ve forzado de continuo a tener la cuchilla en la mano, y no puede contar nunca con sus súbditos, porque estos mismos, que le saben obligado a proseguir y a reanudar los actos de severidad, tampoco pueden estar jamás seguros con él. Precisamente porque semejantes actos han de ejecutarse todos juntos porque ofenden menos, si es menor el tiempo que se tarda en pensarlos; los beneficios, en cambio, han de hacerse poco a poco, a fin de que haya lugar para saborearlos mejor. Así, un príncipe debe, ante todas las cosas, conducirse con sus súbditos de modo que ninguna contingencia, buena o mala, le haga variar, dado que, si sobrevinieran tiempos difíciles y penosos, no le quedaría ya ocasión para remediar el mal, y el bien que hace entonces no se convierte en provecho suyo, pues lo miran como forzoso, y no sé lo agradecen.

CAPÍTULO IX

DEL PRINCIPADO CIVIL

Vengamos al segundo modo con que un particular llega a hacerse príncipe, sin valerse de nefandos crímenes, ni de intolerables violencias. Es cuando, con el auxilio de sus conciudadanos, llega a reinar en su patria. A este principado lo llamo civil. Para adquirirlo, no hay necesidad alguna de cuanto el valor o la fortuna pueden hacer sino más bien de cuanto una acertada astucia puede combinar. Pero nadie se eleva a esta soberanía sin el favor del pueblo o de los grandes. En toda ciudad existen dos inclinaciones diversas, una de las cuales proviene de que el pueblo desea no ser dominado y oprimido por los grandes, y la otra de que los grandes desean dominar y oprimir al pueblo. Del choque de ambas inclinaciones dimana una de estas tres cosas: o el establecimiento del principado, o el de la república, y el de la licencia y la anarquía. En cuanto al principado, su establecimiento se promueve por el pueblo o por los grandes, según que uno u otro de estos dos partidos tengan ocasión para ello. Si los grandes ven que no les es posible resistir al pueblo, comienzan por formar una gran reputación a uno de ellos y, dirigiendo todas las miradas hacia él, acaban por hacerle príncipe, a fin de poder dar a la sombra de su soberanía, rienda suelta a sus deseos. El pueblo procede de igual manera con respecto a uno solo, si ve que no les es posible resistir a los grandes, a fin de que le proteja con su autoridad.

El que consigue la soberanía con el auxilio de los grandes se mantiene en ella con más dificultad que el que la consigue con el del pueblo, porque, desde que es príncipe, se ve cercado de muchas personas que se tienen por iguales a él, no puede mandarlas y manejarlas a su discreción. Pero el que consigue la soberanía con el auxilio del pueblo se halla solo en su exaltación y, entre cuantos le rodean no encuentra ninguno, o encuentra poquísimos que no estén prontos a obedecerle. Por otra parte, es difícil, con decoro y sin agraviar a los otros, contentar los deseos de los grandes. Pero se contentan fácilmente los del pueblo, porque los deseos de éste llevan un fin más honrado que el de los grandes en atención a que los grandes quieren oprimir, el pueblo sólo quiere no ser oprimido.

Añádase a lo dicho que si el pueblo es enemigo del príncipe, éste no se verá jamás seguro, pues el pueblo se compone de un número grandísimo de hombres, mientras que, siendo poco numerosos los grandes, es posible asegurarse de ellos más fácilmente. Lo peor que el príncipe puede temer de un pueblo que no le ama, es ser abandonado por él. Pero, si le son contrarios los grandes, debe temer no sólo verse abandonado sino también atacado y destruido por ellos, que teniendo más previsión y más astucia que el pueblo, emplean bien el tiempo para salir del apuro, y solicitan dignidades de aquel que esperan ver sustituir al príncipe reinante. Además, el príncipe se ve obligado a vivir siempre con un mismo pueblo, al paso que le es factible obrar sin unos mismos grandes, puesto que está en su mano hacer otros nuevos y deshacerlos todos los días, como también darles crédito, o quitarles el de que gozan, cuando le venga en gana.

Para aclarar más lo relativo a los grandes, digo que deben considerarse en dos aspectos principales: o se conducen de modo que se unan en un todo con la fortuna o proceden de modo que se pasen sin ella. Los primeros, si no son rapaces deben ser estimados y honrados. Los segundos, que no se ligan al príncipe personalmente, pueden considerarse en otros dos aspectos. Unos obran así por pusilanimidad o falta de ánimo, y entonces el príncipe debe servirse de ellos como de los primeros, especialmente cuando le den buenos consejos, porque le son fieles en la prosperidad e inofensivos en la adversidad. Pero los que obran por cálculo o por ambición, manifiestan que piensan más en él que en su soberano, y éste debe prevenirse contra ellos y mirarlos como a enemigos declarados, porque en la adversidad ayudarán a hacerle caer.

Un ciudadano llegado a príncipe por el favor del pueblo ha de tender a conservar su afecto, lo cual es fácil, ya que el pueblo pide únicamente no ser oprimido. Pero el que llegó a ser príncipe con el auxilio de los grandes y contra el voto del pueblo, ha de procurar conciliárselo, tomándolo bajo su protección. Cuando los hombres reciben bien de quien no esperan más que mal, se apoyan más y más en él. Así, el pueblo sometido por un príncipe nuevo, que se erige en bienhechor suyo, le coge más afecto que si él mismo, por benevolencia, le hubiera elevado a la soberanía. Luego el príncipe puede captarse al pueblo de varios modos, pero tan numerosos y dependientes de tantas circunstancias variables, que me es imposible formular una regla fija y cierta sobre el asunto, y me limito a insistir en que es necesario que el príncipe posea el afecto del pueblo, sin lo cual carecerá de apoyo en la adversidad. Nabis, príncipe nuevo entre los espartanos, resistió el sitio de todas las tropas griegas y de un ejército romano curtido en las victorias y resistió fácilmente contra ambas fuerzas su patria y su Estado, por bastarle, al acercarse el peligro, asegurarse de un corto número de enemigos interiores. Pero no hubiera logrado tamaños triunfos, si hubiera tenido al pueblo por enemigo.

Y no se crea impugnar la opinión que estoy sentando aquí con objetarme el tan repetido adagio de que quien fía en el pueblo edifica sobre arena. Confieso ser esto verdad para un ciudadano privado que, satisfecho con semejante fundamento, creyera que el pueblo le libraría, si le viera oprimido por sus enemigos o por los magistrados. En tal caso, podría engañarse a menudo en sus esperanzas, como ocurrió a los Gracos en Roma, y a Jorge Scali en Florencia. Pero, si el que se funda en el pueblo, es príncipe suyo, y puede mandarle, y es hombre de corazón, no se atemorizará en la adversidad. Como haya tomado las disposiciones oportunas y mantenido, con sus estatutos y con su valor, el de la generalidad de los ciudadanos, no será engañado jamás por el pueblo, y reconocerá que los fundamentos que se ha formado con éste, son buenos. Porque las soberanías de esta clase sólo peligran cuando se las hace subir del orden civil al de una monarquía absoluta, en que el príncipe manda por sí mismo, o por intermedio de sus magistrados. En el último caso, su situación es más débil y más temerosa, por depender enteramente de la voluntad de los que ejercen las magistraturas, y que pueden arrebatarle sin gran esfuerzo el Estado, ya sublevándose contra él, ya no obedeciéndole. En los peligros, semejante príncipe no encuentra ya razón para recuperar su omnímoda autoridad por cuanto los súbditos, acostumbrados a recibir las órdenes directamente de los magistrados, no están dispuestos, en tales circunstancias criticas, a obedecer a las suyas y, en tiempos tan dudosos, carece siempre de gentes en quienes pueda fiarse. No se halla en el caso de los momentos pacíficos, en que los ciudadanos necesitan del Estado, porque entonces todos se mueven, prometen y quieren morir por él, en atención a que ven la muerte remota. Pero en épocas revueltas, cuando el Estado más necesita de los ciudadanos, son poquísimos los que le secundan. Y la experiencia es tanto más peligrosa, cuanto que no cabe hacerla más que una vez. Por ende, un soberano prudente debe imaginar un método por el que sus gobernados tengan de continuo, en todo evento y en circunstancia de cualquier índole, una necesidad grandísima de su principado. Es el medio más seguro de hacérselos fieles para siempre.

CAPÍTULO X

CÓMO DEBEN MEDIRSE LAS FUERZAS DE LOS PRINCIPADOS

O el principado es bastante grande para que en él halle el soberano, en caso necesario, con qué sostenerse por sí mismo, o es tal que, en el mismo caso, se vea obligado a implorar el auxilio ajeno. Pueden los príncipes sostenerse por sí mismos cuando tienen suficientes hombres y dinero para formar el correspondiente ejército, con que presentar batalla a cualquiera que vaya a atacarlos, y necesitan de otros los que, no pudiendo salir a campaña contra los enemigos, se encuentran obligados a encerrarse dentro de sus muros, y limitarse a defenderlos. Se habló ya del primer caso y aún se volverá sobre él, cuando se presente ocasión oportuna. En cuanto al segundo caso, no puedo menos de alentar a semejantes príncipes a fortificar la ciudad de su residencia, sin inquietarse por las restantes del país. Cualquiera que haya artillado fuertemente el lugar de su mansión y se haya portado bien con sus súbditos, no será atacado nunca sino con mucha circunspección, porque los hombres miran siempre con cautela suma las empresas que les ofrecen dificultades, y no cabe esperar un fácil triunfo cercando o asaltando la ciudad de un príncipe que la ha fortalecido en buenas condiciones y que cuenta con el amor de su pueblo.

Las ciudades de Alemania son muy libres; tienen en sus alrededores poco territorio que les pertenezca; obedecen al emperador a la medida de su gusto; no le temen a él, ni a ningún otro potentado, a causa de la solidez de sus murallas, por lo que los agresores temen perder mucho tiempo, y hasta sufrir un descalabro, si toman la ofensiva contra ellas. Todas tienen fosos, muros muy fuertes, cañones en abundancia, y conservan en sus almacenes, bodegas y habitaciones, vituallas bastantes para comer, beber y encender fuego durante un año. Fuera de esto, y a fin de alimentar suficientemente al populacho, no les falta con qué darle trabajo, también por espacio de un año, en aquellas obras públicas que son el nervio y el alma de toda ciudad, y se cuidan con esmero de que los servicios militares estén continuamente en vigor. Así, un príncipe que posee por punto de residencia una plaza fuerte y se hace amar dentro de ella, difícilmente será sitiado, y si lo fuera, el que lo intentase acabaría por levantar el cerco con oprobio. Son tan variables las cosas terrenas, que es casi imposible que el que ataca, si se ve llamado a su país por alguna inevitable vicisitud de sus Estados, permanezca un año rondando con su ejército, ante unos muros muy fuertes, que no le es posible asaltar.

Si alguien objetare que, en el caso de que, teniendo un pueblo sus posesiones afuera, las viera quemar, perdería la paciencia, y su interés le haría olvidar el de su príncipe, responderé que un monarca poderoso y valiente superará siempre esas dificultades, ya dando esperanzas a sus gobernados de que el mal no durará mucho, ya amenazándoles con las represalias y crueldades que cometería el enemigo, ya, en fin, poniendo a buen recaudo a aquellos súbditos que le pareciesen muy osados en sus quejas. Aparte lo cual, habiendo el enemigo, desde su llegada, incendiado y devastado el país, cuando estaban los sitiados en el ardor de la defensa, el príncipe debe abrigar tanta menos desconfianza después, cuanto que, pasados varios días, los ánimos se habrán enfriado, los males se habrán sufrido, los daños estarán hechos, y no quedará ya remedio alguno. Los ciudadanos entonces se unirán mejor a él, precisamente porque ha contraído con ellos una nueva obligación, a consecuencia de haberse arruinado sus casas y sus posesiones en defensa suya. La naturaleza de los hombres es de obligarse unos a otros, lo mismo por los beneficios que conceden que por los que reciben. De donde es preciso concluir que, considerándolo todo bien, no le es difícil a un príncipe prudente, desde el comienzo hasta el final de un sitio, conservar inclinados a su persona los ánimos de sus conciudadanos, si no les falta con qué vivir, ni con qué defenderse.

CAPÍTULO XI

DE LOS PRINCIPADOS ECLESIÁSTICOS

Réstame hablar ahora de los principados eclesiásticos, en cuya adquisición y posesión no existe ninguna dificultad, pues no se requiere al efecto, ni de valor, ni de buena fortuna. Tampoco su conservación y mantenimiento necesita de una de ambas cosas, o de las dos reunidas, por cuanto el príncipe se sostiene en ellos por ministerio de instituciones que, fundadas de inmemorial, son tan poderosas, y poseen tales propiedades, que la aferran a su Estado, de cualquier modo que proceda y se conduzca. Únicamente estos príncipes tienen Estados sin verse obligados a defenderlos. y súbditos, sin experimentar la molestia de gobernarlos. Los Estados, aunque indefensos, no les son arrebatados, y los súbditos, aun careciendo de Gobierno, no se preocupan de ello lo más mínimo, ni piensan en mudar de soberano en modo alguno y ni siquiera podrían hacerlo, por lo cual semejantes principados son los únicos en que reinan la prosperidad y la seguridad. Pero, como son gobernados por causas superiores, a que la razón no alcanza, los pasaré en silencio. ¿No habría temeridad presuntuosa en discurrir sobre unas soberanías establecidas y conservadas por Dios mismo? Sin embargo, alguien me preguntará la causa de que la Iglesia romana se haya elevado, aun en las cosas temporales, a tan superior grandeza como la que contemplamos hoy. Porque, antes del Papa Alejandro VI, la dominación pontificia era tan limitada que no ya los potentados italianos, sino el más modesto barón y el más humilde señor hacían escaso aprecio de ella en las cosas temporales, mientras que ahora arruina a Venecia y atemoriza a todo un rey de Francia, hasta el punto de echarle de la península. Y, por muy conocidos que estos hechos sean, no juzgo inútil representarlos con toda puntualidad.

Con anterioridad a la venida del monarca francés Carlos VIII a Italia, ésta se hallaba políticamente distribuida en cinco nacionalidades: Estados Pontificios, Venecia, reino de Nápoles, ducado de Milán y Florencia. Los soberanos de los tres últimos principados sólo cuidaban de dos cosas: que ningún extranjero trajese ejércitos a Italia, y que ninguno de los grupos políticos de ésta se engrandeciera a costa de los otros. Aquellos contra quienes más les importaba tomar tales precauciones, eran los venecianos y el Papa. Para contener a los venecianos se requería la unión de los demás grupos, y, para contener al Papa, los soberanos en cuestión se valían de los barones de Roma, que, por hallarse divididos en dos facciones, la de los Ursinos y la de los Colonnas, hallaban incesantes motivos de disputa y desenvainaban la espada unos contra otros a la vista misma del Pontífice, a quien inquietaban continuamente, de donde resultaba que la potestad temporal de la Santa Sede permanecía siempre débil y vacilante. Y, por más que a veces sobreviniese un Papa de recio temple, como Sixto IV, ni la energía ni el genio de alguno de estos excepcionales representantes suyos podían desembarazarle del obstáculo de referencia, a causa de la breve duración de su mandato. Sobre diez años, uno con otro, reinaba cada Papa y por muchas molestias que se tomaran, no les era posible abatir una de aquellas facciones. Si uno de ellos, por ejemplo, conseguía extinguir la de los Colonnas, otro la resucitaba, por ser enemigo de los Ursinos, no quedándole ya suficiente tiempo para aniquilarlos después, con lo que sucedía que hacían poco caso de las fuerzas temporales del Papa en Italia. Pero se presentó Alejandro VI, el cual, mejor que sus predecesores, demostró hasta qué punto le era dable a un Papa, con su dinero y con sus fuerzas, triunfar de los demás príncipes. Tomando por instrumento a su hijo César Borgia, duque de Valentinois, y aprovechando la ocasión del paso de los franceses, ejecutó cuantas cosas llevo referidas al hablar de las acciones de dicho duque. Bien que su intención no hubiese sido aumentar los dominios de la Iglesia, sino únicamente proporcionar otros grandísimos a su hijo, ocasionó el engrandecimiento del Papa, que a la muerte del duque, heredó el fruto de sus guerras. Cuando luego advino Julio II al Solio Pontificio, encontró a la Iglesia muy poderosa y en posesión de toda la Romaña. Los barones de Roma carecían de fuerza, porque Alejandro VI, con los diferentes modos de lograr la derrota de sus facciones, los había destruido. Julio II halló también abierto el camino para atesorar, por algunos medios que Alejandro VI no había puesto en práctica nunca. No sólo siguió el curso trazado por éste, sino que, además, formó el designio de conquistar a Bolonia, reducir a los venecianos y arrojar de Italia a los franceses, empresas todas que le salieron bien, y con tanta más gloria para él mismo, cuanto que llevaban la mira de acrecentar el patrimonio de la Iglesia, y no el de ningún particular. Amén de esto, mantuvo las facciones de los Ursinos y de los Colonnas en los mismos términos en que las halló, y, aunque había en ellas algunos jefes capaces de turbar el Estado, permanecieron sumisos, porque les tenía espantado el poder de la Iglesia, y no había, en el Sacro Colegio, cardenales que fuesen de sus familias, lo que era causa de sus disensiones. Tales facciones no se sosegarán mientras cuenten con algunos cardenales, por ser éstos los que mantienen, en Roma y fuera de ella, unos partidos que sus deudos se ven obligados a defender, y así es como las discordias y las guerras entre los barones dimanan de la ambición de dichos prelados. Por ende, al suceder León X a Julio II, halló al Papado elevado a un altísimo grado de dominación, y hay motivos para esperar que, si sus predecesores lo engrandecieron con las armas, el nuevo Pontífice lo engrandecerá más aún, y le hará venerar, con su ingenio, con su cultura, con su bondad y con las infinitas virtudes que sobresalen en su persona.

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